Experimento Literario

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Un poco de literatura y ficción

Lucifer con Barba*

Todo se ve en blanco y negro.

Hago un movimiento rápido con el encendedor, un trago fuerte de vodka y la noche se vuelve a iluminar. Voy por otra botella. Una más. Qué diablos. Perdí la cuenta pero quiero nacer de nuevo. Soy un maldito desalmado atrapado en un bar de mala muerte. Soy lucifer con barba. Soy tu peor pesadilla. Soy inmortal. Prepárate para experimentar dolor…

Me levanto de la barra. Todo tambalea. Otra botella cae en mi mano. Magia pura. Camino y reboto contra un espejo. Me veo a los ojos y río. Un estúpido bastardo. Un desalmado. Me dirijo a su mesa y el tiempo se detiene. Lo había pensado mucho. Desde que la vi entrar. Las luces neones parecen no brillar más. Estoy en una película. En mi película. Todo es más divertido ahora. ¿Soy el héroe, no? Su cabello rojizo brilla más que de costumbre. ¿O será el maldito neón? Tomo otro gran sorbo. Trago con dificultad y pateo la mesa. Los vasos caen y el ruido interrumpe todo. Al menos en mi cabeza. Siento que todos me miran. Que todo ocurre en cámara ultra lenta. Que los mozos ya no caminan, las viejas no alegan, las perras se retiran de la barra y el dueño del local es interrumpido con un “tenemos problemas” en su privado… Pero no se escucha nada. Absolutamente nada. Me siento y la miro a los ojos. Su pololo la mira a ella y luego a mí, consternado.

Despierto.

Oscuridad total

No sé donde estoy. Lo juro. Son como las 2 de la mañana de un día de la semana. No sé cual. Huelo a licor, a topless, a tabaco puro. Estoy encima de una bolsa negra, fétida, con líquidos malolientes que perforan la piel. Está todo oscuro, no me puedo mover. Estoy en un espacio de 2 x 2, con un olor que me oprime las tripas lentamente.

Grito.

Reina el silencio.

Grito más fuerte y siento las primeras arcadas.

Nada.

Siento pasos…

“Hola”, dice una voz.

-quién es, pregunto con miedo.

-tu consciencia

-¿Es esto un sueño?

-Soy tu maldita consciencia. No sabes lo que hiciste. Nunca lo sabes. Yo te lo diré. Acércate un poco, quiero que recuerdes…

Pero yo no quiero recordar. Nada. Cierro los ojos con fuerza. Pero las imágenes son demasiado claras. Veo la luz, los neones, su voz ahogada en llanto. Aprieto los puños y doy golpes contra la puerta. Veo el vaso reventado en el cráneo de su novio oficial, del que la embarazó, del que juré vengarme algún día. Sigo golpeando la puerta. La sangre cae en la mesa y de pronto no veo nada más.

A lo lejos se escucha una sirena.

* Texto elaborado para el taller “Escribir con Pasión” de Francisco Mouat

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Vengando a Ishimuro IV

El golpe fue tremendo. Reboté contra un verdadero gigante en medio del pasillo. Mientras caía y me agarraba la rodilla de dolor, levanté la vista y supe inmediatamente quien era. Bueno, todo el colegio lo sabía. Era Sánchez. El loco Sánchez. Tenía 13 años y cursaba sexto grado, tras repetir el curso los dos últimos años. Claramente era el único niño que no le temía a Jiménez y compañía. El problema era que no le temía a nadie y su palabra equivalía a la ley. Claro que no hablaba mucho y menos peleaba, porque estaba concentrado en comer –las papas fritas asomaban siempre de su mochila, siempre- y estudiar para poder pasar de curso. Corría el fuerte rumor de que si esta vez no pasaba, lo cambiarían a un colegio de niñas, producto de una decisión algo drástica de su padre, gerente general de una empresa fabricante de golosinas que tuvo una fuerte educación militar.

-Perdón- dijo amablemente…
-ayúdame, ese niño me quiere matar-dije mientras apuntaba al albino y trataba de no temblar.

El albino, al contemplar la escena intentó frenar su alocada carrera.

-por qué debo ayudarte- preguntó el loco.
-porque te puedo ayudar a pasar de curso, soy un verdadero genio- mentí.

El albino no supo lo que pasó. Creo que demoró más de 30 minutos en despertar. El golpe fue seco, en la mandíbula, casi sin asco. Vi dos dientes volar y al albino desplomarse como un saco de arena. Knock out. Que alguien le cuente. 1,2,3,4… Nada. El albino inconsciente.

Sánchez me miraba como si hubiera encontrado su salvación, su redentor. Alguien que haría el milagro: lograr que un burro de 120 kilos entendiera algo de álgebra y pasara el curso. Al menos el pensaba que había encontrado a su mesías. Se equivocaba. Pero, hasta que durase la ilusión, tenía un aliado, pero un aliado que no dudaría en asesinarme si terminaba en enero empacando sus juguetes para dirigirse al internado de niñas.

Texto elaborado para el taller de F.Mouat.

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Una obsesión*

Una obsesión. Una idea que nos consume, cada segundo, cada minuto, cada hora, cada maldito día de esto que llamamos vida. Ser un escritor maldito o, al menos, un maldito escritor. Se trata de eso. De nada más.

Mientras busco la voz interna –quién diablos sabe dónde se metió- me amparo en los pensamientos de los grandes. De quienes dominaron el mundo de las letras, sometiendo a los críticos a sus pies. Bueno, también a bien dotadas y deseosas jovencitas.

Hablo de Bukowski, Carver, Hemingway. De los hijos de puta cuyos textos aún nos enloquecen.

Lo primero, pienso, sería renunciar a todo. A absolutamente todo. A mandar al mundo y a todos sus pobladores a que les den por el culo. Eso es. Bebo un corto de mi petaca plateada que me alguien, cuyo nombre olvido, me regaló cuando cumplí treinta años, eso quiere decir, hace exactamente cuatro años. Entro en la oficina de mi jefa, una protuberante rubia de 32 años, con el pelo en los hombros y una mirada felina, absolutamente enloquecedora. Tomo aire y la miro directamente los ojos…

-Me voy- digo sin más.
Ella me mira, callada, dubitativa.
-Ok, puedes irte temprano hoy, pero te quiero mañana a las nueve AM- me dice con una sonrisa de plástico.

Su cabello rubio brilla ante el rayo de sol que se cuela por una de las persianas de la oficina ubicada en el piso más alto del Marriott. No dejo de fijarme en su pronunciado escote, invitando al placer.

-No has entendido- arranco con un tono calmo. –Me voy y no vuelvo más. Esta es mi renuncia- y le entrego la carta que preparé rápidamente, antes de salir de casa.

Mientras ella lo observa con estupor, aprovecho a mirarle el escote fijamente y a sonreír con esa mirada a lo Jack Nicholson en El Resplandor.

Intenta levantarse y la tomo de los hombres, empujándola contra el asiento, donde cae, asombrada y con una mirada que refleja algún grado de excitación. Refriego mi pantalón muy cerca de su dulce boca –que apostaría sigue siendo virgen- a sólo centímetros de esos labios bañados alguna vez con silicona y que hoy arrojan un brillo especial, y asumo una postura fanfarrona.

-¿Es lo que siempre has querido, no?- pregunto.

Escucho un tímido sí.

Entonces tomo un papel y anoto el teléfono de mi casa y lo dejo en medio de sus piernas entreabiertas, me doy media vuelta y me largo.

-Me llamarás- digo antes de irme.

Okey. Primer paso listo. Ahora viene lo difícil. Entrar en un mundo donde abunde la mala vida, el whisky, los cigarros, las perras sin redención y mucha, mucha literatura.

Llego a mi departamento, en un décimo piso, enclavado en las cercanías del Parque Forestal. Un chiquero. Un lugar digno para que nazca un novel escritor, pienso. Un lugar para beber como cosaco y no pensar en nada ni nadie más.

Acto seguido voy a la cocina. Abro el estante de madera vieja, casi podrida, y saco una botella de Jack Daniels. Dos hielos en un vaso largo, cuatro dedos del dorado líquido.

Repito el procedimiento. Una y otra vez.

De repente, al quinto whisky, cuando noto que el piso se empieza a mover, miro la máquina de escribir, sonrío y me acerco lentamente.

Coloco un par de hojas arrugadas, enciendo un cigarrillo y miro hacia la ciudad, justo cuando empieza a sonar el teléfono.

* Relato elaborado para el taller de Francisco Mouat.

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Sobre el Autor

Manu Chatlani Periodista, 35 años, amante del buen fútbol y más cercano a la corriente de grandes técnicos que privilegian el “jugar bien y perder al jugar mal y ganar”: Menotti, Cruyff, Valdano, Wenger. Cinéfilo puro. Seguidor de los grandes autores: desde Takeshi Kitano y Scorsese hasta Tarantino y Clint Eastwood. Si de leer se trata, los autores de cabecera son Raymond Carver, Bukowski y Bryce Echeñique, con menciones honrosas para Michael Chabon, David Foster Wallace, Chuck Klosterman, entre otros.

 

Febrero 2010
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