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	<title>Experimento Literario</title>
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	<description>Un poco de literatura y ficción</description>
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		<title>Experimento Literario</title>
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		<title>Lucifer con Barba*</title>
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		<pubDate>Wed, 18 Mar 2009 22:39:32 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Manu Chatlani</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
		<category><![CDATA[Ficción]]></category>
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		<category><![CDATA[Lucifer con Barba]]></category>

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		<description><![CDATA[Todo se ve en blanco y negro. Hago un movimiento rápido con el encendedor, un trago fuerte de vodka y la noche se vuelve a iluminar. Voy por otra botella. Una más. Qué diablos. Perdí la cuenta pero quiero nacer de nuevo. Soy un maldito desalmado atrapado en un bar de mala muerte. Soy lucifer [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=literaturaficcion.wordpress.com&amp;blog=7013879&amp;post=17&amp;subd=literaturaficcion&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Todo se ve en blanco y negro.</p>
<p>Hago un movimiento rápido con el encendedor, un trago fuerte de vodka y la noche se vuelve a iluminar. Voy por otra botella. Una más. Qué diablos. Perdí la cuenta pero quiero nacer de nuevo. Soy un maldito desalmado atrapado en un bar de mala muerte. Soy lucifer con barba. Soy tu peor pesadilla. Soy inmortal. Prepárate para experimentar dolor…</p>
<p>Me levanto de la barra. Todo tambalea. Otra botella cae en mi mano. Magia pura. Camino y reboto contra un espejo. Me veo a los ojos y río. Un estúpido bastardo. Un desalmado. Me dirijo a su mesa y el tiempo se detiene. Lo había pensado mucho. Desde que la vi entrar. Las luces neones parecen no brillar más. Estoy en una película. En mi película. Todo es más divertido ahora. ¿Soy el héroe, no? Su cabello rojizo brilla más que de costumbre. ¿O será el maldito neón? Tomo otro gran sorbo. Trago con dificultad y pateo la mesa. Los vasos caen y el ruido interrumpe todo. Al menos en mi cabeza. Siento que todos me miran. Que todo ocurre en cámara ultra lenta. Que los mozos ya no caminan, las viejas no alegan, las perras se retiran de la barra y el dueño del local es interrumpido con un “tenemos problemas” en su privado… Pero no se escucha nada. Absolutamente nada. Me siento y la miro a los ojos. Su pololo la mira a ella y luego a mí, consternado.</p>
<p>Despierto.</p>
<p>Oscuridad total</p>
<p>No sé donde estoy. Lo juro. Son como las 2 de la mañana de un día de la semana. No sé cual. Huelo a licor, a topless, a tabaco puro. Estoy encima de una bolsa negra, fétida, con líquidos malolientes que perforan la piel. Está todo oscuro, no me puedo mover. Estoy en un espacio de 2 x 2, con un olor que me oprime las tripas lentamente.</p>
<p>Grito.</p>
<p>Reina el silencio.</p>
<p>Grito más fuerte y siento las primeras arcadas.</p>
<p>Nada.</p>
<p>Siento pasos…</p>
<p>“Hola”, dice una voz.</p>
<p>-quién es, pregunto con miedo.</p>
<p>-tu consciencia</p>
<p>-¿Es esto un sueño?</p>
<p>-Soy tu maldita consciencia. No sabes lo que hiciste. Nunca lo sabes. Yo te lo diré. Acércate un poco, quiero que recuerdes…</p>
<p>Pero yo no quiero recordar. Nada. Cierro los ojos con fuerza. Pero las imágenes son demasiado claras. Veo la luz, los neones, su voz ahogada en llanto. Aprieto los puños y doy golpes contra la puerta. Veo el vaso reventado en el cráneo de su novio oficial, del que la embarazó, del que juré vengarme algún día. Sigo golpeando la puerta. La sangre cae en la mesa y de pronto no veo nada más.</p>
<p>A lo lejos se escucha una sirena.</p>
<p>* Texto elaborado para el taller “Escribir con Pasión” de Francisco Mouat</p>
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		<title>Vengando a Ishimuro IV</title>
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		<pubDate>Wed, 18 Mar 2009 22:38:52 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Manu Chatlani</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
		<category><![CDATA[Ficción]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>
		<category><![CDATA[Vengando a Ishimuro]]></category>

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		<description><![CDATA[El golpe fue tremendo. Reboté contra un verdadero gigante en medio del pasillo. Mientras caía y me agarraba la rodilla de dolor, levanté la vista y supe inmediatamente quien era. Bueno, todo el colegio lo sabía. Era Sánchez. El loco Sánchez. Tenía 13 años y cursaba sexto grado, tras repetir el curso los dos últimos [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=literaturaficcion.wordpress.com&amp;blog=7013879&amp;post=15&amp;subd=literaturaficcion&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El golpe fue tremendo. Reboté contra un verdadero gigante en medio del pasillo. Mientras caía y me agarraba la rodilla de dolor, levanté la vista y supe inmediatamente quien era. Bueno, todo el colegio lo sabía. Era Sánchez. El loco Sánchez. Tenía 13 años y cursaba sexto grado, tras repetir el curso los dos últimos años. Claramente era el único niño que no le temía a Jiménez y compañía. El problema era que no le temía a nadie y su palabra equivalía a la ley. Claro que no hablaba mucho y menos peleaba, porque estaba concentrado en comer –las papas fritas asomaban siempre de su mochila, siempre- y estudiar para poder pasar de curso. Corría el fuerte rumor de que si esta vez no pasaba, lo cambiarían a un colegio de niñas, producto de una decisión algo drástica de su padre, gerente general de una empresa fabricante de golosinas que tuvo una fuerte educación militar.</p>
<p>-Perdón- dijo amablemente…<br />
-ayúdame, ese niño me quiere matar-dije mientras apuntaba al albino y trataba de no temblar.</p>
<p>El albino, al contemplar la escena intentó frenar su alocada carrera.</p>
<p>-por qué debo ayudarte- preguntó el loco.<br />
-porque te puedo ayudar a pasar de curso, soy un verdadero genio- mentí.</p>
<p>El albino no supo lo que pasó. Creo que demoró más de 30 minutos en despertar. El golpe fue seco, en la mandíbula, casi sin asco. Vi dos dientes volar y al albino desplomarse como un saco de arena. Knock out. Que alguien le cuente. 1,2,3,4… Nada. El albino inconsciente.</p>
<p>Sánchez me miraba como si hubiera encontrado su salvación, su redentor. Alguien que haría el milagro: lograr que un burro de 120 kilos entendiera algo de álgebra y pasara el curso. Al menos el pensaba que había encontrado a su mesías. Se equivocaba. Pero, hasta que durase la ilusión, tenía un aliado, pero un aliado que no dudaría en asesinarme si terminaba en enero empacando sus juguetes para dirigirse al internado de niñas.</p>
<p>Texto elaborado para el taller de F.Mouat.</p>
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		<title>Una obsesión*</title>
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		<pubDate>Wed, 18 Mar 2009 22:38:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Manu Chatlani</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
		<category><![CDATA[Ficción]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>
		<category><![CDATA[Una obsesión]]></category>

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		<description><![CDATA[Una obsesión. Una idea que nos consume, cada segundo, cada minuto, cada hora, cada maldito día de esto que llamamos vida. Ser un escritor maldito o, al menos, un maldito escritor. Se trata de eso. De nada más. Mientras busco la voz interna –quién diablos sabe dónde se metió- me amparo en los pensamientos de [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=literaturaficcion.wordpress.com&amp;blog=7013879&amp;post=13&amp;subd=literaturaficcion&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Una obsesión. Una idea que nos consume, cada segundo, cada minuto, cada hora, cada maldito día de esto que llamamos vida. Ser un escritor maldito o, al menos, un maldito escritor. Se trata de eso. De nada más.</p>
<p>Mientras busco la voz interna –quién diablos sabe dónde se metió- me amparo en los pensamientos de los grandes. De quienes dominaron el mundo de las letras, sometiendo a los críticos a sus pies. Bueno, también a bien dotadas y deseosas jovencitas.</p>
<p>Hablo de Bukowski, Carver, Hemingway. De los hijos de puta cuyos textos aún nos enloquecen.</p>
<p>Lo primero, pienso, sería renunciar a todo. A absolutamente todo. A mandar al mundo y a todos sus pobladores a que les den por el culo. Eso es. Bebo un corto de mi petaca plateada que me alguien, cuyo nombre olvido, me regaló cuando cumplí treinta años, eso quiere decir, hace exactamente cuatro años. Entro en la oficina de mi jefa, una protuberante rubia de 32 años, con el pelo en los hombros y una mirada felina, absolutamente enloquecedora. Tomo aire y la miro directamente los ojos…</p>
<p>-Me voy- digo sin más.<br />
Ella me mira, callada, dubitativa.<br />
-Ok, puedes irte temprano hoy, pero te quiero mañana a las nueve AM- me dice con una sonrisa de plástico.</p>
<p>Su cabello rubio brilla ante el rayo de sol que se cuela por una de las persianas de la oficina ubicada en el piso más alto del Marriott. No dejo de fijarme en su pronunciado escote, invitando al placer.</p>
<p>-No has entendido- arranco con un tono calmo. –Me voy y no vuelvo más. Esta es mi renuncia- y le entrego la carta que preparé rápidamente, antes de salir de casa.</p>
<p>Mientras ella lo observa con estupor, aprovecho a mirarle el escote fijamente y a sonreír con esa mirada a lo Jack Nicholson en El Resplandor.</p>
<p>Intenta levantarse y la tomo de los hombres, empujándola contra el asiento, donde cae, asombrada y con una mirada que refleja algún grado de excitación. Refriego mi pantalón muy cerca de su dulce boca –que apostaría sigue siendo virgen- a sólo centímetros de esos labios bañados alguna vez con silicona y que hoy arrojan un brillo especial, y asumo una postura fanfarrona.</p>
<p>-¿Es lo que siempre has querido, no?- pregunto.</p>
<p>Escucho un tímido sí.</p>
<p>Entonces tomo un papel y anoto el teléfono de mi casa y lo dejo en medio de sus piernas entreabiertas, me doy media vuelta y me largo.</p>
<p>-Me llamarás- digo antes de irme.</p>
<p>Okey. Primer paso listo. Ahora viene lo difícil. Entrar en un mundo donde abunde la mala vida, el whisky, los cigarros, las perras sin redención y mucha, mucha literatura.</p>
<p>Llego a mi departamento, en un décimo piso, enclavado en las cercanías del Parque Forestal. Un chiquero. Un lugar digno para que nazca un novel escritor, pienso. Un lugar para beber como cosaco y no pensar en nada ni nadie más.</p>
<p>Acto seguido voy a la cocina. Abro el estante de madera vieja, casi podrida, y saco una botella de Jack Daniels. Dos hielos en un vaso largo, cuatro dedos del dorado líquido.</p>
<p>Repito el procedimiento. Una y otra vez.</p>
<p>De repente, al quinto whisky, cuando noto que el piso se empieza a mover, miro la máquina de escribir, sonrío y me acerco lentamente.</p>
<p>Coloco un par de hojas arrugadas, enciendo un cigarrillo y miro hacia la ciudad, justo cuando empieza a sonar el teléfono.</p>
<p>* Relato elaborado para el taller de Francisco Mouat.</p>
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		<title>Vengando a Ishimuro III</title>
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		<pubDate>Wed, 18 Mar 2009 22:37:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Manu Chatlani</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
		<category><![CDATA[Ficción]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>
		<category><![CDATA[Vengando a Ishimuro]]></category>

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		<description><![CDATA[Ese día fue la primera vez en la vida que no quería que corriese el tiempo. Quería quedarme en la escuela, en la sala de clases, en mi refugio. Cada movimiento del segundero en el reloj blanco y viejo colgado sobre el pizarrón en nuestra clase me daba nauseas. El tiempo parecía correr más rápido. [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=literaturaficcion.wordpress.com&amp;blog=7013879&amp;post=11&amp;subd=literaturaficcion&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Ese día fue la primera vez en la vida que no quería que corriese el tiempo. Quería quedarme en la escuela, en la sala de clases, en mi refugio. Cada movimiento del segundero en el reloj blanco y viejo colgado sobre el pizarrón en nuestra clase me daba nauseas. El tiempo parecía correr más rápido. De verdad quería concentrarme en la clase de matemáticas o la de historia. Era simplemente imposible.</p>
<p>A lo largo de cada clase y mientras Josefa, nuestra pelirroja profesora –para muchos el primer amor de la infancia- se acomodaba sus anteojos rojizos con ese tic tan particular de ella, el albino me miraba de reojo. Al comienzo traté de no prestar cuidado. Luego, cuando le pasó un papelito al negro Jiménez y a éste se le iluminó su morocha cara con una endiablada sonrisa que mostraba su diente de conejo con una mancha negra, empecé a sentirme mal, muy mal.</p>
<p>Sentí, lo juro, que un murciélago batía sus alas en mis tripas. Era una sensación repugnante. De hecho, mientras imaginaba al pajarraco agitar sus extremidades contra la boca de mi estómago, sentía que vomitaría ahí mismo. Eran los nervios. Creo que en ese momento sentí estrés escolar de verdad, enfermedad que en esa época no era tan comentada como ahora, aunque siempre el papá de Ishimuro solía refunfuñar sobre el maldito sushi, los malditos clientes y los americanos estúpidos y el estrés que todo eso le producía. Traté de comprar tiempo. Levanté la mano. La profesora me ignoraba. Le gustaba dictar la clase in interrupciones, a su manera. Se acomodaba sus lentes rojizos y su cabello rojizo y sus asomos de canas y hablaba y hablaba sin parar. A sus treinta y tantos era la miss que todos queríamos como una segunda madre. Yo hasta recé a Dios para que sintiera ternura por mí y se ofreciera a llevarme a casa, sano y salvo. Ah, sí, y también pedí que Jiménez y el Albino cayeran muertos producto de una muerte súbita o algo.</p>
<p>La maestra seguía ignorando mi maniobra de distracción, mientras el tiempo, implacable, seguía corriendo. Tic tac, tic tac. Maldito segundero. Faltaban sólo cuatro horas y el recreo parecía distante, esquivo. Carraspeé. Fue mágico. Ella levantó la cabeza y todo el curso giró su cabeza hacia al medio del salón donde figuraba este enclenque individuo escondido tras una serie de papeles y lápices de colores.</p>
<p>-¿Sí?, preguntó ella.</p>
<p>-Puedo ir al baño, pregunté mientras temblaba y, de reojo, chequeaba la reacción de Jiménez y el cojonudo albino.</p>
<p>-Yo también quiero ir, se anticipó el albino, con una sonrisa en su pecoso rostro.</p>
<p>-Sí, vayan, dijo ella.</p>
<p>Demonios. El albino había anticipado el plan. Ishimuro se escondió bajo sus cuadernos y ni siquiera levantó la mirada. No había que ser inteligente para anticipar que la paliza sería Express y ahora o, al menos, una no tan bella sinopsis de lo que me esperaba en 3 horas y cincuenta y ocho minutos.</p>
<p>Me levanté y salí disparado al baño. El albino también. Nuestra profe debe haber pensado en vejigas llenas y mucho jugo en el desayuno.</p>
<p>Corrí con toda mi fuerza hacia la escalera que daba al primer piso, donde estaban los baños de la primaria. Sentía los pasos del albino cada vez más cerca. Necesitaba un plan B. Un escape. Un milagro. Lo que no sabía era que, a treinta segundos de distancia, un milagro de 120 kilos se dirigía hacia mí.</p>
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		<title>Vengando a Ishimuro II</title>
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		<pubDate>Wed, 18 Mar 2009 22:35:51 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Manu Chatlani</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
		<category><![CDATA[Ficción]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>
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		<description><![CDATA[Recuerdo que la luz se colaba por una de las persianas. El rayo de sol iluminaba parte de las sábanas. Apenas podía abrir los ojos. Veía nublado. Alcancé a reconocer que estaba en mi habitación. En la cama alta, pequeña, con un cubrecamas marrón, con la radio en la cabecera y, en frente, la televisión, [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=literaturaficcion.wordpress.com&amp;blog=7013879&amp;post=9&amp;subd=literaturaficcion&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Recuerdo que la luz se colaba por una de las persianas. El rayo de sol iluminaba parte de las sábanas. Apenas podía abrir los ojos. Veía nublado. Alcancé a reconocer que estaba en mi habitación. En la cama alta, pequeña, con un cubrecamas marrón, con la radio en la cabecera y, en frente, la televisión, el ATARI y los otros chiches que me solían acompañar aquellas tardes eternas en el segundo edificio de un viejo edificio de Punta Paitilla. Los moretones en la cara y el golpe en el estómago habían sido brutales. Nunca un vaquero había sido tan humillado. Necesitaba vengarme como sea. “El honor ante todo”, decía mi abuelo.</p>
<p>Mi madre interrumpió la cadena de pensamientos. “Te sientes mejor”, preguntó, mientras se sentaba a un lado de la cama y se preparaba a darme un poco de sopa. Contuve las lágrimas cuando la cuchara tocó mi labio destruido. “Sí”, mentí, mientras tragaba ese grueso caldo de pollo.</p>
<p>Después de la comida, cerró la persiana maltrecha. Volví al mundo de las sombras, del dolor, de la humillación. Al de un niño de seis años que había sido golpeado a vista y paciencia de todos. De estudiantes, curas y profesores. Estaba perdido. Lo único bueno de aquella paliza era que al menos faltaría una semana al colegio. Lo malo, es que la suerte, para Ishimuro y para mí, se había terminado.</p>
<p>Pasé varios días en cama. Lo único que hacía era ver monitos animados violentos. Esos en los que algún motorista japonés de peinado tipo casco al viento, después de ver a sus padres morir, adquiere un robot de lujo y se dedica a ganar batallas mientras aprieta botones como loco invocando rayos de todo tipo. El problema es que nunca me enteraba de qué había que hacer para conseguir un robot de esos. Yo no tenía posibilidades en el colegio. Debía vengarme y no tenía robot ni peinado japonés, sólo una cabellera negra y ondulada, al más puro estilo Jackson Five. Además, si era imprescindible huir, mis piernas tampoco servirían mucho. Debía idear un plan. Un plan que le permitiese a un pendejo enclenque, flaco y soñador poder desquitarse del forajido más temido en toda la primaria.</p>
<p>El poderío del negro Jiménez era infinito. Tanto así que no dudaba en propinarle verdaderas palizas, sin asco, a todos los niños de la primaria, incluidos los de 10 y 11 años. Su mirada ahuyentaba hasta a su propia sombra. Era una bestia que odiaba a los ñoños, los débiles, los inteligentes, los no tanto, los bichos raros y, básicamente, a todos a quienes pudiera moler a golpes. Clamaba por sangre y, ocasionalmente, por los almuerzos y juguetitos de los más chicos, especialmente de aquellos aparatos “made in japan”, como los de Ishimuro.</p>
<p>Ese fin de semana se estrenó en Panamá “La Guerra de las Galaxias”. Que tontera más grande, pensé. Debe ser una guerra muy fome, todos arriba de sus planetas tirándose piedras. No me tinca. “Vamos al cine. Ese será el premio a tu valentía”, se adelantó mi padre. Horas después de salir del cine ubicado en el sector de El Dorado, algo así como Lo Barnechea, me di cuenta de que esa película cambiaría mi vida. Bueno, sólo tenía seis años. Debo buscar y concentrarme en “La Fuerza”. Sólo así podré derrotar al morocho y su amigo albino, pensaba, con los ojos cerrados.</p>
<p>El lunes regresé al colegio. Ya era una leyenda. Todos me miraban y se tapaban la boca. Yo creo que no podían creer lo valiente que había sido. Sentía cientos de manos dirigidas hacia mí con sus dedos índices extendidos. Me temían, creí. Entonces, por qué se ríen… La verdad era más dura: para ellos y ante ellos, era un payaso, un bufón, un vaquero de reparto y no el héroe de la película. De hecho nunca nadie pidió entrevistarme para la revista del colegio.</p>
<p>Mientras me dirigía a las escaleras que dan al segundo piso algo pasó. Vi un cartel. Un destello amarillo en la retina. Súbitamente mis ojos cambiaron de color, mis brazos cayeron al suelo y la saliva hizo un charco en mi boca. Uno de los compañeros que entendía mi calvario trato de despertarme de la hipnosis. El responsable de esa garrotera era un cartel de amarillo furioso colgado en uno de los pasillos. El texto, escrito con marcador negro grueso, mostraba un mensaje poco sutil. “Te esperamos a la salida. Ahí morirás”. Firmaban El Albino y Jiménez. Entré a la clase, arrastrando los pies con un color semejante al de Drácula. Estaba pálido. Me senté en mi banco y no miré a nadie. Noté que Ishimuro temblaba en su asiento.</p>
<p>Por algunos minutos traté de portarme como Obi Wan Kenobi. Ese viejito con poderes de la película. Traté de derrotarlos con la mente. Cerré los ojos y me puse a pensar en como caían abatidos mientras yo controlaba sus pensamientos. El albino y el gordo Jiménez en el suelo, la gente aplaudiendo, el sol brillando tras de mí. Sí, había una posibilidad. Un cachetazo del albino me devolvió a la realidad. La maestra seguía distraída leyendo no sé que en su libro de clases. “A la salida te la damos”, amenazó con un susurro para luego retirarse a su asiento, ubicado en el extremo izquierdo de la sala, al final, donde sólo se sientan los tipos rudos. Vi el reloj. Quedaban 4 horas y cincuenta y nueve minutos para mi final.</p>
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		<title>Bítacora de un Resucitado</title>
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		<pubDate>Wed, 18 Mar 2009 22:34:42 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Manu Chatlani</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
		<category><![CDATA[Bítacora de un Resucitado]]></category>
		<category><![CDATA[Ficción]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>

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		<description><![CDATA[Jueves Un bar. De Noche. Es tarde. Estoy borracho. Bueno, casi. Me habría encantado emborracharme. Pero qué más da. Ella ríe y pide otro ron. Ha sido una noche larga. Empezó con una comida, con miradas cómplices y un escote amable, que me miraba fijamente. Traté de concentrarme. Me apoyé en dos Jack Daniels. Resultó [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=literaturaficcion.wordpress.com&amp;blog=7013879&amp;post=7&amp;subd=literaturaficcion&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Jueves</p>
<p>Un bar. De Noche. Es tarde. Estoy borracho. Bueno, casi. Me habría encantado emborracharme. Pero qué más da. Ella ríe y pide otro ron. Ha sido una noche larga. Empezó con una comida, con miradas cómplices y un escote amable, que me miraba fijamente. Traté de concentrarme. Me apoyé en dos Jack Daniels. Resultó imposible. Mi mirada seguía caída, perdida. Sonaba Björk de fondo. Escuchamos ese disco una y otra vez. Hora de irse, de reírse a carcajadas, de mandar todo a la mierda y entrar a un bar, escondido. Un viejo cantaba en el piano. No se entendía nada. Un bloody Mary y otro ron. Y qué diablos. 2.30 am. Hora de irse. Una última mirada, un beso, y a correr.  Viernes  Sueño infernal. Nada más que decir. Trabajar como zombi, las pastillas de guaraná ayudan. El guaraná es cool. Te permite cometer excesos y reír. Ser una especie de Charly. “Malditas perras todas”, dijo el loco. Un llamado de una amiga y a degustar vino. Fue un trayecto largo. Dormitaba en el taxi. No puedo imaginar la resaca sabatina, de verdad no puedo…  Sábado  A quién se le ocurre llamar a las 9 am. Crisis. Diarios, revisión. No es tan terrible. La mente vuelve a estado cero. Domir. Son las 11 am y el ritual sagrado. Arsenal y la orquesta, sufrir hasta el final y el 2-0 tranquilizador de Rosicky. El día corría lento. Muy lento. Todo en ralenti. Me sentía más rápido de lo que era. Debo haber parecido un dinosaurio vencido, tratando de volver. Una especie de “Mano de Piedra” Durán, intentando prolongar la pelea, con los guantes abajo, y una maldita sonrisa en el rostro. Mall de turno. Felicidad de plástico. Sólo necesitaba un CD de Javiera Parra envuelto en papel de regalo, un peluche para mi sobrino y volver. Y fue eterno. Agotador. De la nada llegó la noche. Cumpleaños. Guaraná. Un último intento. Levanté los guantes. Me miré al espejo y con una polera ochentera, salí disparado. “Yo puedo resucitar”, gritó Calamaro alguna vez. Yo también quiero. Toco el timbre y ya imagino los gritos, abrazos y bailoteos al son del reggaetón. Una noche más en esta puta ciudad.  Domingo  No existo. No soy nada. Soy menos que nada. Soy sueño acumulado, un cuerpo cansado. Por suerte nadie contestó el teléfono. Por suerte no hubo comida. Por suerte enciendo la TV, rendido, a ver a Cameron Crowe y “Elizabethtown” y pensar en que se cumple un año de la muerte de mi abuelo…</p>
<p>* Texto elaborado para el taller literario de F.Mouat.</p>
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		<title>Vengando a Ishimuro</title>
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		<pubDate>Wed, 18 Mar 2009 22:33:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Manu Chatlani</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
		<category><![CDATA[A la hora señalada]]></category>
		<category><![CDATA[Ficción]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>

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		<description><![CDATA[Sucedió hace mucho tiempo en un país muy lejano. Yo sólo tenía seis años. Seis. Un niño indefenso. Vivíamos en un departamento ubicado en el segundo piso del antiguo edificio “Antonatos”, enclavado en el barrio de Punta Paitilla. Algo así como Vitacura. Pero la diferencia era que no estábamos en Chile. En Panamá todos los [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=literaturaficcion.wordpress.com&amp;blog=7013879&amp;post=5&amp;subd=literaturaficcion&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Sucedió hace mucho tiempo en un país muy lejano. Yo sólo tenía seis años. Seis. Un niño indefenso. Vivíamos en un departamento ubicado en el segundo piso del antiguo edificio “Antonatos”, enclavado en el barrio de Punta Paitilla. Algo así como Vitacura. Pero la diferencia era que no estábamos en Chile. En Panamá todos los días el termómetro rebasa la marca de los 30 grados y la humedad te abraza y te muerde, impidiéndote vivir. Esa era la época en la que soñaba. Un niño enclenque que alucinaba con cualquier cosa menos las matemáticas y la historia. Bueno, con cualquier cosa que no pasase en el colegio. Soñaba con ser un héroe. Un pistolero, un forajido, un agente secreto. Cualquier profesión con un arma y una misión inconfesable. Dada mi edad, no pensaba en conquistar damiselas, elevar la mano por sobre sus rodillas en lugares atestados de gente y escaparme de la fiesta con la más bonita del curso. Eso vendría años después. Sólo quería tener un enfrentamiento. Con una pistola plateada en una mano y una mirada desafiante. Claro que no tenía hermanos ni una mirada desafiante. Sí una hermanita que sólo quería jugar con sus barbies y muñecas. Una lata. No me quedaba otra que imaginar que era el enemigo e iniciar fuertes combates sin tomar prisioneros. A lo más alguna muñeca decapitada era el saldo de las batallas hogareñas. Pero eso me empezó a aburrir… Pronto encontraría el consuelo en un amigo japonés. Era el amigo ideal. No hablaba. Nunca. Después descubriría que era mudo, que sus padres eran de Okinawa y que se dedicaban a vender algo conocido como pescado crudo. Sushi. “Qué asco”, le dije en más de una oportunidad. Ishimuro era tímido y compañero de banca en el colegio, aunque a él le tocaba sentarse cerca de una de las compañeras más bellas del curso. Todos los días Ishimuro llegaba con un juguete nuevo “made in Japan”. Como una grabadora que reproducía ruidos escatológicos y que usaba para provocarle nauseas a la profesora de castellano. El juguete solía durarle una semana. A la salida del colegio, alguien lo golpeaba, le quitaba su juguetito e Ishimuro volvía con su ojo rasgado hecho una montaña morada. Siempre lo mismo. Un día decidí intervenir. Antes de irme a dormir, cargué mi mochila con la cartuchera, el arma plateada del llanero solitario y un sombrero de vaquero. Ese día estaba nervioso. Ishimuro había traído un nuevo aparato nipón y los ojos de nuestros compañeros brillaban con una maldad no antes vista. Tocaron el timbre a la una. Ishimuro salió corriendo, presagiando lo que acontecería. Yo me cambié en el baño y tras tomar un camino secreto a través de la oficina de partes, me dirigí hacia el destino. Cuando llegué Ishimuro estaba en el suelo, aferrado a su juguetito. Dos matones de siete años se acercaban a él. Uno negro y gordo, con una cicatriz al lado del ojo derecho y el otro más bien albino, flaco y con fama de cojonudo. Lo miraron y dieron otro paso y, de la nada, me vieron emerger. Con el traje escolar y la mano derecha acariciando el arma, que descansaba en la cartuchera. Me acomodé el sombrero. “Déjenlo en paz”, dije, mientras sudaba copiosamente al percatarme de qué diablos podría ser un niño más bien tímido con un arma a fogueo. “Y si no, ¿que?” fue la respuesta del cojonudo albino. Retrocedí. Luego respiré hondo y di dos pasos hacia el frente. Vengo a hacer justicia, pensé. Ishimuro se levantó y cayó rápidamente al suelo tras una serie de patadas del agresor de origen afroamericano. Empecé a rezar. Lo que no sabía era que el arma, producto del calor, se estaba empezando a derretir y que la tapa roja de seguridad del cañón estaba suelta. El albino se abalanzó sobre mí, antes de que me pudiera agarrar, saqué el arma y apreté el gatillo. La tapa roja salió volando y se le clavó en la nariz. Cayó de dolor, llorando. El afroamericano dudó. “¿Te quedan más tiros pendejo?”, preguntó mientras se acercaba y cerraba el puño. Ishimuro salió corriendo. Al menos había librado. Mi destino no sería tan feliz.</p>
<p>[Texto elaborado para el taller literario de F.Mouat]</p>
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		<title>A la hora señalada*</title>
		<link>http://literaturaficcion.wordpress.com/2009/03/18/a-la-hora-senalada/</link>
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		<pubDate>Wed, 18 Mar 2009 22:32:20 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Manu Chatlani</dc:creator>
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		<category><![CDATA[A la hora señalada]]></category>
		<category><![CDATA[Ficción]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>

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		<description><![CDATA[Un verdadero hijo de puta. Un desalmado. Un cowboy. Corrijo. Un cowboy obsesivo. Las cosas se hacían a su manera o no se hacían. Así de simple. Mi abuelo era como una especie de Bielsa. Loco e incomprendido. Con mañas para todo. Odiaba el pescado y todo lo que nadase en el mar. Su olor [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=literaturaficcion.wordpress.com&amp;blog=7013879&amp;post=3&amp;subd=literaturaficcion&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Un verdadero hijo de puta. Un desalmado. Un cowboy. Corrijo. Un cowboy obsesivo. Las cosas se hacían a su manera o no se hacían. Así de simple. Mi abuelo era como una especie de Bielsa. Loco e incomprendido. Con mañas para todo. Odiaba el pescado y todo lo que nadase en el mar. Su olor le repugnaba y era intolerable. Punto. En una comida de negocios en pleno Hong Kong, por ejemplo, un chef tuvo la osadía de intentar freír un pescado vivo en una plancha a un lado de la mesa. Mi abuelo no lo dudó. Se levantó rabioso, dejó la plata y encaró a los comensales. “Les había advertido”, dijo, para luego dar media vuelta y enfilar hacia la puerta… Eran pequeñas cosas y a su manera. El agua hirviendo en la ducha (con un balde con agua caliente a sus pies, por cualquier imprevisto), un whisky a las 7 de la tarde, puntual. Sí, todo era a la hora e incluso antes. Recuerdo cuando quería operarse de cataratas. Nos obligó a levantarnos al alba y partir raudamente a la clínica del doctor Arentsen, donde llegamos 15 minutos antes que se abriera el recinto. El médico no podía creer la obsesión de su paciente. “¿¿¿Pero qué hace usted a esta hora aquí???”, vociferó. Se levantaba a la misma hora para degustar el mismo desayuno, la misma caminata, la misma rutina. Siempre. Todos lo recuerdan así, puntual, enérgico, obsesivo. Bueno, convengamos que esa fortaleza le permitió vencer un ataque cardíaco en pleno vuelo rumbo a Santiago. Imagino que le susurraba al miocardio “no todavía, dame más tiempo, resiste mierda”, mientras las azafatas pedían un doctor abordo y se desplegaba el contingente de emergencia en el Comodoro Arturo Merino Benítez. Yo lo recuerdo de otra forma. Hace casi un año un fuerte resfrío lo mandó a la cama primero, luego a la clínica de la Universidad Católica. Ya tenía la voz baja, problemas de audición e incluso había olvidado su vieja manía de retar a todos por todo. Ahora reía y dejaba que decidieran por él. Esa fue la primera señal. Los doctores aseguraban que mejoraría pronto, pero sabemos que los doctores mienten. El virus nunca fue identificado. Y fue avanzando progresivamente. Hasta que un domingo me desperté con un tempranero llamado. Recuerdo haber corrido para terminar viéndolo como lo entubaban en un intento desesperado por salvarlo. Ese sería el inicio de la agonía final. Fueron dos semanas. Y luego se fue. En silencio. Bueno, eso dicen algunos. Quienes lo vieron en sus últimos segundos aseguran que intentó levantarse, que hubo un último intento, uno más, un manotazo desesperado para intentar torcer su destino antes de caer rendido. Esa es una versión. Yo creo que tenía una cita con la muerte. Que no le molestó romperles el corazón a sus hijos con tal de llegar a la hora. Puntual. Como siempre.</p>
<p>*texto escrito para el taller literario de Francisco Mouat.</p>
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